| Al que mira
El primer ejercicio de Caligrafía
en aquel segundo año de Bellas Artes consistía (por supuesto) en hacer palotes.
Realmente me parecía una estupidez, una absoluta pérdida de tiempo.
Sin embargo y a medida que los dibujaba me daba cuenta que no podía hacer ni uno como la
gente. Eran torcidos, curvos, sinuosos...
de vez en cuando alguno salía bien, pero eran los menos.
Me dio tanta bronca que tiré al tacho una pila de papeles
antes de estar satisfecho con el resultado.
Puse tanta dedicación en aquella lámina que al entregarla una compañera me preguntó
burlonamente si me había ayudado una regla...
La verdad es que distaban mucho de ser tan perfectos,
pero eran lo mejor que pude hacer.
Aquel simple ejercicio y los que siguieron
me hicieron ver y reflexionar sobre cosas en las que nunca antes
había reparado (la más obvia, que mi letra era espantosa).
Fue tan fuerte el impacto que a partir de ese momento
conservé en mi escritura unas pocas letras viejas (las que aún me parecían
agradables) e incorporé letras nuevas (trabajoso producto de aquel
descubrimiento).
Comprendí que la caligrafía, como todo arte, es una de nuestras formas de expresión de
nuestra personalidad más simples y a la vez profundas.
Nuestra escritura es una rara forma de aunar la propia habilidad y el gusto por las
formas. Componemos y armonizamos según nuestro libre criterio y gusto rectas y curvas que
interactúan creando un estilo, expresando claramente nuestra personalidad:
única e irrepetible.
Con el tiempo pude verlo y bucear mejor en el alma de aquellos artistas de
todo lo que me atrae: música... pintura... gráfica... arquitectura... |
Este
año (a veinticinco años de aquel descubrimiento) hice el eternamente
postergado curso de fotografía.
Dejame mostrarte algunas de mis letras viejas y algunos primeros
palotes.
Son bastante imperfectos, pero es lo mejor que pude hacer.
Gracias a Edmundo Gutiérrez (profesor de caligrafía) y a Vicente Viola.
A Héctor y Noemí, Ani y Martín.
Ver galería |
 |