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Guillermo Ainciburu
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Al que mira

El primer ejercicio de Caligrafía en aquel segundo año de Bellas Artes consistía (por supuesto) en hacer palotes.
Realmente me parecía una estupidez, una absoluta pérdida de tiempo.
Sin embargo y a medida que los dibujaba me daba cuenta que no podía hacer ni uno como la gente. Eran torcidos, curvos, sinuosos...
de vez en cuando alguno salía bien, pero eran los menos.
Me dio tanta bronca que tiré al tacho una pila de papeles
antes de estar satisfecho con el resultado.
Puse tanta dedicación en aquella lámina que al entregarla una compañera me preguntó burlonamente si me había “ayudado” una regla...
La verdad es que distaban mucho de ser tan “perfectos”,
pero eran lo mejor que pude hacer.
Aquel simple ejercicio y los que siguieron
me hicieron ver y reflexionar sobre cosas en las que nunca antes
había reparado (la más obvia, que mi letra era espantosa).
Fue tan fuerte el impacto que a partir de ese momento
conservé en mi escritura unas pocas “letras viejas” (las que aún me parecían agradables) e incorporé “letras nuevas” (trabajoso producto de aquel descubrimiento).
Comprendí que la caligrafía, como todo arte, es una de nuestras formas de expresión de nuestra personalidad más simples y a la vez profundas.
Nuestra escritura es una rara forma de aunar la propia habilidad y el gusto por las formas. Componemos y armonizamos según nuestro libre criterio y gusto rectas y curvas que interactúan creando un “estilo”, expresando claramente nuestra personalidad: única e irrepetible.
Con el tiempo pude verlo y “bucear” mejor en el alma de aquellos artistas de todo lo que me atrae: música... pintura... gráfica... arquitectura...

Este año (a veinticinco años de aquel “descubrimiento”) hice el eternamente postergado curso de fotografía.
 Dejame mostrarte algunas de mis “letras viejas” y algunos “primeros palotes”.
Son bastante imperfectos, pero es lo mejor que pude hacer.
Gracias a Edmundo Gutiérrez (profesor de caligrafía) y a Vicente Viola.
 A Héctor y Noemí, Ani y Martín. 

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